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La chica del servicio a la comunidad

Mientras sus compañeros estudiaban, Natascha Yogachandra ha dedicado 10 años a gestionar proyectos benéficos. Natascha cuenta su historia a Katie Jacobs.

"Yo soy bastante normal”, dice Natascha Yogachandra, lo que parece cierto a juzgar por sus aficiones: salir con los amigos, leer y tocar la guitarra. Se diría que esta chica de 16 años es una alumna típica del Programa del Diploma del IB.

Natascha Yogachandra

Pero si ahondamos un poco, vemos que esta normalidad es más bien modestia. Aparte de estudiar en la Ruamrudee International School de Bangkok, Tailandia, Natascha coordina proyectos, recauda fondos y trabaja con entusiasmo para ayudar a los pobres y oprimidos. Ha recaudado cientos de miles de dólares para proyectos benéficos y esta actividad ha llevado a su familia a viajar por todo el mundo. En un colegio donde el servicio a la comunidad es uno de los pilares centrales del currículo, su historia es tan deslumbrante que se ha publicado en un libro y le ha valido el reconocimiento internacional.

La odisea benéfica de Natascha surgió en Nueva York cuando tenía siete años y organizó una colecta de libros para niños necesitados; así comenzó el proyecto Book Angels que hoy continúa ayudando a leer a los más pequeños. “No puedo imaginar un mundo sin lectura”, explica.

Sus padres apoyaron su trabajo desde el principio. En sus propias palabras, “ellos me enseñaron que nuestra obligación es servir a la humanidad. No
se trata de una actividad extracurricular: debe formar parte de nuestras vidas”.

En 2004, cuando Natascha tenía 11 años, las imágenes de
las familias desplazadas por el tsunami en el sureste de Asia alteraron para siempre el curso de su vida. “Cuando arrasó el tsunami, no pude quedarme en casa sin hacer nada, ni mandar dinero sin saber a dónde iría a parar”, dice. Pidió a sus padres que la llevaran al epicentro de todo este sufrimiento y juntos crearon la fundación Hope is Life para la que recaudaron USD20.000 y pasó un mes visitando las aldeas de la zona afectada asegurándose de que los suministros llegaban a los más necesitados. A su vuelta, Natascha se dio cuenta de que había cambiado irreversiblemente: “Estaba en un centro comercial observando el materialismo de la gente y pensé: ‘No puedo volver a vivir como antes’ ”. Guardó toda su vida en un par de maletas y la familia partió a India, donde dedicaron todo su tiempo libre al servicio de los necesitados de la región. Hoy, en Bangkok, Natascha estudia el Programa del Diploma del IB los días de diario, y los fines de semana visita los proyectos de Hope is Life en los países vecinos: Vietnam, Laos y Camboya.

La fundación proporciona educación a niños afectados por la pobreza, construyendo centros de enseñanza, suministrando libros o dando becas de educación superior. Recientemente ha comenzado a trabajar con mujeres condenadas a la esclavitud sexual por la venta o el engaño. La envergadura de los proyectos impresiona más por el hecho de que la fundación consiste únicamente en Natascha y sus padres. “Lo hacemos todo nosotros”, afirma. “Recaudamos fondos, visitamos las localidades y establecemos una relación con la gente. La confianza es importantísima”.

“Es duro hacer tantas cosas, pero en el Programa del Diploma he aprendido a organizar mi tiempo, y me he demostrado a mí misma de lo que soy capaz. Yo escogí el IB porque fomenta todos los valores que aprecio y hace personas íntegras de nosotros, que es lo que yo intento ser”.

Natascha admite que su vida no ha sido siempre fácil. Aunque su infancia privilegiada le haya permitido viajar mucho, la transición de un estilo de vida occidental a la India ha sido especialmente dura. “El choque cultural fue abrumador”, dice. “Antes vivía en una casa bonita con todos los caprichos,
y de repente me encontré en un cuarto con goteras, ratones y hasta monos en el tejado. Echaba de
menos a mis amigos y deseaba volver a casa. Pero definitivamente ha valido la pena”.

Hasta los voluntarios más experimentados lo pasan mal cuando viven mucho tiempo en regiones donde el sufrimiento y la pobreza son extremos. Para un adolescente, debe ser agotador. ¿Se desanima a veces? “Ver tanto sufrimiento trae mucha fatiga emocional, pero también me motiva”, afirma.

Una de las cosas que la incentivan son los testimonios de las personas a las que ayuda la fundación, como Vansyna. Cuando tenía 13 años, una señora convenció a esta niña vietnamita y a una amiga suya para ir a Camboya a una fiesta, donde terminaron drogadas y separadas. A Vansyna la vendieron al dueño de un burdel y allí pasó un año entero. Todavía no ha descubierto cuál fue el destino de su amiga, pero con ayuda de la fundación está empezando a reconstruir su vida. “El tráfico de mujeres no es un bonito tema de conversación”, dice Natascha. “Es lo peor que me puedo imaginar. Pero hay que abrir los ojos de la gente”, concluye.

Natascha reconoce que tiene mucha suerte de contar con el dinero suficiente para mudarse a su antojo y con unos padres que la apoyan, la animan y comparten su pasión. Insiste en que “en todas partes hay necesitados. Si haces un esfuerzo para mirar alrededor, los encontrarás. Solo hace falta un empu­jon­cito”. Ella todavía necesita ese empujoncito: “A veces no me apetece ir”. Pero esta dedicación es ya una parte tan importante de su vida que ha pasado a ser la norma. “A un extraño le debo parecer rara, pero para mi familia y amigos no lo soy”.

Natascha espera volver a EE. UU. para estudiar comunicaciones y relaciones internacionales, y le gustaría ser fotoperiodista: “En todas partes hay historias que contar”. Nunca dejará de lado la beneficencia, pero quiere que la fundación se mantenga pequeña. “Nuestros valores son familiares, y quiero que lo sigan siendo. Si consigo cambiar la vida de un solo niño, me doy por satisfecha”. Aunque sus amigos se burlan de sus esfuerzos (“me llaman la chica del servicio a la comunidad”), uno de los objetivos de Natascha es inspirar a otros jóvenes. “Yo sigo siendo una chica normal y quiero demostrar que esto lo puede hacer cualquiera si se lo propone”, afirma. “Nuestra generación va a mover el mundo”.


 

CV: Natascha Yogachandra

1993    Nace en Hong Kong. Crece en Fairport, Nueva York, EE. UU.

1999    Inicia el proyecto Book Angels, enviando libros de segunda mano a niños de todo el mundo.

2005    Viaja con sus padres a Asia y pasa un mes ayudando a víctimas del tsunami. Socia fundadora de la fundación Hope
is Life. Se traslada a India con sus padres para continuar la labora de la fundación.

2007    Llega a Bangkok para ayudar a la gente en el Suroeste de Asia.

2009    Se publica Spirit of Service, un libro sobre el trabajo benéfico de Natascha y una guía para jovenes voluntarios.

2010    Viaja a Haiti con las iniciativas de ayuda, con planes para construir un colegio.